|
|
|
|
DEL DOLOR Y LA MUERTE 3 LA HORCA Me encaminaba hacia la dirección que tenía escrita, la leía y releía, una y otra vez, ansioso, asegurándome que no habría ningún error. Era temprano y el frío de la mañana me hacia estar despierto. Me dispuse a ojear a todos los que entraban a trabajar y poder conseguir así una ventaja que me sería necesaria. Había fijado mi presa por decirlo de alguna forma. Un hombre de barriga prominente de piel morena curtida por el sol y de aspecto bonachón, me pareció el adecuado para hacer mi primera intervención , buscando de alguna un valedor por si el encargado ponía alguna objeción. Me dirigí hacia el. - Hola buenos días. - Hola - Me llamo Luis y me envían de la oficina del paro. - Pues muy bien. - Que tengo que hacer para empezar? - Busque al encargado, el que lleva el casco blanco, el le dirá. - Yo pensaba que el encargado era usted. Noté como se henchía ante el halago y como acababa de ganar la batalla. - No soy el encargado pero casi, llevo el suficiente tiempo aquí para saber como funciona toda la empresa.- Me lo dijo con una amplia sonrisa. - La verdad es que han enviado y no tengo ni idea de que es este oficio. - Otro mas que solo viene a sellar? Vaya a la oficina que le pongan el no apto y todo acabado. - No, no es eso. Quiero trabajar, pero no se como. Aprendo rápido y con un poco de ayuda sabría como hacerlo. Solo hace falta quien me enseñe. En cuanto pueda le compensaré, se lo aseguro. - Anda vamos a hablar con el encargado antes de que se mosquee al vernos hablar. Nos dirigimos hacia el casco blanco, estaba bajo un cubierto ojeando unos planos, le expuse mi idea, una semana de aprendiz sin cobrar, si después de ese tiempo servía me quedaba, si no me marchaba sin cobrar. Respaldado por los asentimientos de mi nuevo maestro aceptó a regañadientes, pero aceptó. Me sentí feliz por esa oportunidad aunque el trabajo no fuese de mi línea me permitiría de alguna manera sanear mi economía. Esa primera mañana aprendí a fuerza de subir y bajar del andamio la importancia de llevar un cinturón con las herramientas, y en los trabajos incómodos la importancia de atarlas con una cuerda. Mi nuevo compañero me introdujo en la cuadrilla a la hora del bocadillo sin ninguna dificultad. Comencé a interpretar los silbidos que se pasaban, derecha o izquierda, según eran rubias o morenas, una o varias y la escala en las que puntuaban. Sonreí ante esta muestra primitiva de diversión. Y pensaba en la soledad de la altura como se veía el mundo abajo a lo lejos, la insignificancia de los paseantes, la diversidad de tribus que puede pasar por un mismo lugar con la sola diferencia del tiempo. Caí rendido físicamente en la cama, con la satisfacción del trabajo bien realizado. Corría por unas callejuelas angostas, un olor rancio venía junto a mi, no se por que me sentía jaleado por la muchedumbre, tarde un tiempo en centrarme y saber que no era yo la causa de esa algarabía. No es que fuesen hacia mi los gritos y risas sino mas bien corrían a mi par. Llegamos a una plaza cuadrada de dimensiones considerables, de todas las calles desembocaban ríos de gente, aumentando un mar de cabezas, que se iban amontonando a oleadas sobre un cadalso de madera erigido en la altura. Su amenazadora silueta se recortaba sobre el cielo plomizo. La mirada de esa figura oscura provocaba que mi vello se erizase. De manera mecánica mirando sin ver, caminando sin querer llegué hasta la barrera humana que me precedía. La excitación se podía tocar en el ambiente. Ahora en la quietud coreado por deformes canciones populares intenté centrarme en el lugar en que estaba. Sería el final de la Edad Media, las pardas ropas andrajosas pesaban como losas. La apariencia de las muchachas que había delante de mi, luchaba por un gesto casto y una sonrisa picara. A la izquierda cerca del lugar del espectáculo se levantaba un grada que iba siendo ocupada por gente que vestía ricas ropas. Me fijé en la pálida cara de una mujer, las facciones perfectas, la blancura le confería una imagen ausente. Se le notaba impaciente, de vez en cuando su sonrisa termina en una mueca donde torcía el labio de manera cínica. Su acompañante un gallardo hombre de armas, velaba por la seguridad de tan alta dama. Sin moverme de mi sitio notaba como las chicas de delante frotaban su trasero contra mi, un gesto acompañado de risitas. Al principio fueron movimientos distanciados y al ver que yo no me movía ya fueron descarados. Me interesé por lo que acontecía, sujetando con fuerza a cada una con una mano por su cintura y dejando mi cara entre las dos de ellas. Me contaron que colgarían al secretario de un noble por adúltero, a su cómplice al ser de condición inferior la colgarían al día siguiente en las afueras de la ciudad dejándola hasta que su cráneo brillase a la luz de la luna. La que parecía mas dicharachera lo contaba sintiéndolo, podía notar bajo mi mano la excitación de su cuerpo, me atreví a más y fui sobando a las dos sin miramientos, ninguna de las dos puso objeciones. Parecía ser algo contagioso por que todos los que me rodeaban estaban en acciones parecidos como si una ola de morbo recorriese a todos los espectadores, que se frotaban entre si con gusto. Ni tan siquiera los de más alta condición se escapan a esos sentires, aunque se moderaban en el tacto al estar sentados, sus rostros eran la misma imagen de la lascivia, la carita blanca según se acercaba el momento se mordía los labios y sus manos presionaban con fuerza mas abajo de su regazo queriendo llegar entre sus piernas. Comenzó el ritual, llegó la carreta, el reo de espaldas al caballo, el verdugo tras él y el confesor en su frente. Bajó primero el cura, seguido por el desdichado, que maldeciría su suerte por dejarse pillar en semejante trance y por último el verdugo. La gente ávida de sensaciones no se perdía ningún detalle, tanto nobles como muchachas miraban sin parpadear. El verdugo cumplió con su papel, rodeó tres cuerdas al cuello del criminal, dos del grosor de un meñique "tourtouses" con nudo corredizo y la " jet " que sirve para ayudar a que la víctima caiga de la escalera. En ese momento mis acompañantes me comentaron que no era tan malo morir así, algunos que habían sobrevivido al castigo por accidente o por suerte, contaban que el procedimiento provoca la erección y en algunos casos incluso la eyaculación y les había quedado un recuerdo agradable. Pense que estas historias eran lo que alimentaba las calenturientas mentes haciendo las delicias de los libertinos. Mi mano bajó a la entrepierna de la muchacha que brindaba su culo a los frotamientos imponiéndole de esta manera el ritmo. No se si el hombre llegó a correrse o no, a esas alturas me importaba poco, estaba pendiente de lo que a mi me ocurría y yo si termine corriéndome, sobando dos cuerpos generosos y viendo como el bello rostro de la dama cerraba los ojos en un suspiro interminable. Así me desperté con el pijama pegajoso de girones espesos y blanquecinos.
( Continuara )
|