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Santa María de Eunate
Habíamos empezado a recorrer el Camino, nos encontrábamos en la tercera jornada. Mi habilidad de viajero hacia que me mezclase con los lugareños, siendo objeto de innumerables aventuras saliendo a veces mal parado de las mismas. Apoyados en el murete que protegía de las aguas del río veíamos como un cielo sangrante perdía su sol. Los girasoles se movían en marejadas a merced de los últimos vientos de septiembre. El polvoriento camino nos señalaba una construcción maciza, aligerada por un claustro porticado en rededor a su planta octogonal. Nos sentíamos unidos en el silencio del rumor de las aguas, contemplando la belleza del paisaje bajo ese cielo desgarrado, trenzado de jirones de nubes enrojecidas, que presagiaban una noche de escalofríos. Me habían aconsejado acercarme a pernoctar a estos lugares donde los peregrinos, desde el principio de los tiempos, eran protegidos por incólumes caballeros de ropas raídas y brazos fuertes. Pero sobre todo me arrastraba el morbo de sentir, abrazar, poseer el cuerpo que me acompañaba en las sombras de un lugar que se me antojaba excitante. En la parte trasera, en la tierra que quedaba entre la ermita y el claustro, a la sombra de una gran cruz de madera vi un hoyo que se abría con formas de sepultura. Un escalofrío me recorrió la espalda, buscábamos la seguridad del lugar santo y a la vez era incapaz de levantarme del murete del puente. Pensé en salir corriendo volviendo sobre mis pasos, el miedo, la noche que ya llegaba o el temor a bandidos y salteadores me contenía. Abrace sobre los hombros a mi acompañante note el temblor, los escalofríos contenidos. Intente calmarla atrayendola a la calidez de mi pecho, abogando por la seguridad del sitio y haciendole pesar en la pasión de mis caricias. A duras penas enfilamos el camino, de repente como un estruendo, el golpear de cascos de caballos nos envolvía, los relinchos y bufidos acariciaban mi nuca, saboree la nube de seco polvo. Pasaron hacia delante sin querer percatarse de nuestra presencia. Encontramos la portalada de forja que daba acceso al recinto, estaba abierta flanqueada por mortecinas luces de antorcha, el paseo me volvió a causar cierto repelus. Las losas que cubrían el suelo hasta la puerta de la iglesia parecían ser lapidas dispuestas a modo de baldosas. Las dos hojas de madera de la iglesia también permanecían abiertas, el olor del incienso que salía era espeso, se podía saborear. El mobiliario era escaso, solo la cruz, una imagen de la virgen, algunos candelabros con velas encendidas y reclinatorios frente a un altar de piedra. Aun a pesar de la lugubredad del lugar, uno se sentía en paz, a salvo de no se que. Las troneras y rendijas que ejercían a modo de ventanas, estaban cubiertas por finas laminas de cuarzo translucido. Después de un momento que me pareció interminable, mi espíritu quedo sosegado y mi mente libre de miedo. En un rincón semioculto, volví a lo terrenal, mi acompañante me atraía, el lugar me excitaba, fui desnudandola poco a poco, se dejaba hacer. La angustia a ser descubierta, el miedo, el lugar hacían que su piel se blanquease al máximo . Permanecía de pie frente a mi. Mi mano comenzó a recorre su anatomía, su desnudo coño estaba caliente muy húmedo, mis dedos entraron con su silencio, permanecía en estado pétreo aguantando mis devenires. Sin ningún movimiento, ni sonido se corrió. Le ordene ponerse a cuatro patas, pensando en la aspereza del suelo y en sus delicadas rodillas, sonreí ante una idea perversa, quite sus manos dejando que las tetas soportasen parte de su peso. Me coloque tras ella y comencé a poseerla con envites fuertes haciendo que se restregase sobre las losas, pensar en esos pechos maltratados me enervaba haciendo salvaje mi posesión, en silencio, sin quejas, volvió a correrse inundando de calor mi polla. Me corrí en ese lugar que tanto me excitaba. Nos acurrucamos en el rincón arropando nos con nuestras propias ropas, dispuestos a descansar, ella entre mis brazos. Me despertó el bullicio de gente desmontando, choques de metal contra la piedra. Los hombres entraban y se arrodillaban en los reclinatorios. Sobre el altar habían depositado un yelmo herrumbroso, otros seis caballeros transportaban sobre una tabla unos harapos llenos de tierra de los que asomaban unas manos esqueléticas. En la parte delantera derecha una calavera con sus profundas oquedades no me perdía de vista. Me frotaba los ojos para ver si esta tenebrosa visión era real. Tape la boca de mi acompañante, despertando de forma que no emitiese ningún sonido. Juntaron cuatro reclinatorios sobre los que apoyaron la tabla y rindieron honores. Otro grupo llegaba protegiendo algo que se deslizaba en el interior del circulo que formaban. El circulo se abrió dejando en el suelo lo que parecía una mujer recostada, lloraba bajo un ropón color pardo. Permanecía en el centro ajena a las miradas perdidas de los hombres, cuatro se acercaron cogiendo de sus extremidades, la pusieron en horizontal, un quinto la sujeto por la cintura. Pataleaba intentando zafarse. Un sexto se coloco detrás, metió su mano enguantada de cota malla entre sus piernas e hizo un gesto afirmativo. Dos de mayor envergadura la cogieron en volandas estirando con una mano el brazo y poniendo otra en su sobaco. La chica tenia el rostro aterrorizado, de alguna manera me hizo pensar en la cruz, sus brazos estirados, la cabeza ladeada, vencida y el negro cabello cayendo sobre su hombro. Vestía un camisón azul celeste, que dibujaba su cuerpo a la perfección, los senos grandes, con los pezones erectos, la curva de sus muslos perdiendose en la entrepierna, el vientre dulcemente prominente. Tenia una extraña reacción estaba paralizado por el miedo y mi polla crecía con vida propia, me encontraba excitado sabedor de lo que iba a ocurrir y sin posibilidades ni ganas de impedirlo. El circulo se abrió en dos filas al llegar al cadáver, los portadores de la muchacha alzaron mas los brazos e hicieron pasar a esta sobre los restos. Alzada en la cabecera con una pierna a cada lado de la madera, la podía ver perfectamente, era joven, sana y parecía de buena familia por la calidad de la escasa ropa. Dos silbidos me hicieron dejar de contemplar ese cuerpo deseable. Las espadas se cruzaron con maestría sesgando la tela. Ella comenzó a gritar y zarandearse. Las manos que la inmovilizaban permanecían firmes, no se inmutaban. El brillante metal siguió cortando y desnudando la carne. Tan solo las mangas quedaron en los brazos. Era un cuerpo perfecto sin macua. El silbido del acero dio paso al susurro del látigo, los golpes eran fuertes, sonoros y precisos, pronto la morfología de la blanca piel comenzó a teñirse, primero rojizo, luego azulado y mas tarde morado oscuro, las primeras gotas de sangre comenzaron a caer, parecía que los surcos dejados la guiasen como canalones, las gotas se iban juntando haciendose mas grandes resbalando mas de prisa. Un caballero cogió la espada del difunto, de un golpe certero introdujo la empuñadura en el coño, guiando la hoja hacia los harapos, la sangre siguió el camino marcado , provocando pequeñas nubecillas de vapor al contacto con el polvo. Ya no gritaba, parecía extasiada, gemía. En su sien colocaron una corona de espinas y pronto comenzó a perlarse de reflejos rojizos, caían por su cara, rebalaban por sus tetas aumentando así el flujo. No puedo asegurar lo que duro ese momento a mi me pareció interminable y mas cuando veía como la cara desencajada de dolor cambiaba a bienestar, felicidad, ignoraba a que se debía ese cambio pero creo que ya no sufría, disfrutaba. El cadáver se incorporo, los huesos de las manos habían adquirido ya carne, el cuerpo se hinchaba, tan solo la calavera permanecía de la misma forma, esas oquedades seguían mirandome. Depositaron a la chica sobre el altar, a un lado de su cabeza dejaron la calavera, al otro el yelmo, ayudado por los dos hombres, el otro sin cabeza se puso de pie, lo acompañaron hasta el altar y sacando su espada, la poseyó. La cabeza comenzó a poblarse de carne y de pelo, vi parpadear los ojos, vi los gestos de satisfacción reflejados en el rostro trasmitidos por un cuerpo cercano. Cuando se levanto coloco la cabeza sobre sus hombros y comenzó a dar ordenes, que los demás escucharon cabizbajos, la procesión salió de la ermita, los dos hombres arrastraban a la chica que seguía viva y muy pálida. Aletargado, y con prudencia comencé a deslizarme hacia la puerta, dos hombres custodiaban la verja, bordee la pared, la que quedaba en la sombra de la luna llena intentado zafarme y saltar por el claustro. Lo que vi volvió a dejarme paralizado, el cuerpo pálido brillaba a la luz de la luna, la estaban crucificando. Seguía sin quejarse, los golpes fuertes resonaban en mis oídos solo pensar en la punta de los clavos me erizaba la piel, me acariciaba las muñecas. Estaba a punto de gritar, cuando sentí unos golpes en mi hombro. - Despierte señor. El viejo bibliotecario me zarandeaba. - Ya decía yo que el Hidromiel, no es una bebida para estos tiempos. Se sonreía. Mi respiración seguía agitada, permanecía todavía entre los dos mundos sin saber muy bien cual era el de verdad o mejor dicho en cual de los dos quería permanecer. - Le decía que eso solo son leyendas. En la noche de San Miguel, cuando esta coincide con la luna llena como hoy, el Gran Maestre decapitado por orden del Obispo vuelve a la vida y en los alrededores una joven desaparece. Pero solo son Leyendas. Lo cierto es que los Templarios fueron una orden herética, hermética y ocultista, hasta el punto que preferían que la sabiduría que albergaban se perdiese antes que fuese a parar a manos ajenas. Una constante en su vida era la dualidad, eran monjes y eran guerreros, la orden era la mas rica de la época y ellos vivían en la extrema pobreza, llegaban al punto de ser enterrados boca abajo y sin ataúd para demostrar ese voto de pobreza. Desaparecieron de forma espontanea después de una persecución en Francia por el Rey, por orden de la Iglesia, acusados de practicar ritos satánicos. Llegaron a acumular tanta riqueza que mezclado con su ocultismo, la gente llego a pensar que dominaban la Alquimia y eran capaces de transformar los metales en Oro. Fueron los que inventaron el cheque o moneda de cambio. Hoy en día se sabe que el único pecado que cometieron fue el de adelantarse varios siglos al pensamiento de la época. Practicaban el Negrismo, ósea que se dajaban caer hasta lo mas pronfundo, sacar lo peor del ser humano para renacer con hábitos nuevos y limpios. Entre los elementos de esa dualidad estaban el bien y el mal, una linea que la recorrían constantemente. Uno de los santos que veneraban era el arcángel San Miguel, máximo exponente de la dualidad del bien y del mal. Ya ves, la imaginación de los hombres recorre retorcidos caminos en lo que a leyendas se refiere. Un escalofrío recorrió mi espalda al ver la luna llena asomarse por la ventana. Pensé en no dormir esa noche, pero los vapores etílicos terminaron por vencerme. A la mañana siguiente busque en los periódicos una noticia, no fue así, ninguna muchacha había sido encontrada muerta, ni nadie había denunciado ninguna desaparición. Respire aliviado solo había sido un mal sueño potenciado por el brebaje del bibliotecario. Antes de irme volví a Santa María de Eunate, ninguna cruz de madera se encontraba en el patio posterior, aunque si que parecía que la tierra había sido removida. El cura que oficiaba la misa de la mañana me dijo que hacia muchos años, siglos, que eso había dejado de ser un cementerio, se sorprendió por mi preguntaba por que casi nadie lo sabia, la tierra removida lo achaco a algún perro de cazadores. Los girasoles seguían sonriendo al sol de la mañana y un cielo azul celeste, limpio se abría ante mi.
P.D. Unos días mas tarde, ya en otra provincia corría el rumor de que una muchacha había sido dada por desaparecida. Las mujeres del lugar lo achacaban a la lozanía y frescura de la joven y a un joven galán de buena planta que había pasado por el pueblo. Aunque la historia dice que estas tierras en otros tiempos pertenecían a la otra provincia.
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