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MASCARAS

El suave mecer de las finas olas, me tenía concentrado. Hasta mí, desde ambos lados llegaba un murmullo lejano de voces y risas, aun la distancia era considerable. El ronroneo del pequeño motor de la embarcación me devolvía a mi estado semialetargado. Pensaba en los días pasados, me parecía haber transcurrido tanto tiempo desde entonces. A veces se complican las cosas sin querer y uno intenta luchar contracorriente hasta que descubre que nada se puede hacer, pero ya es demasiado tarde, se encuentra agotado, hastiado. La sonrisa dicharachera de Marta que
últimamente iluminaba mis despertares se había extinguido ya. Solo quedaban los fogonazos con los que mi memoria me recompensaba de vez en cuando. Tanta vida, tantas ganas por vivirla, tanta prisa por descubrirla. Y todo truncado en un momento.

 

..........La primera vez que vi su cuerpo moviéndose al ritmo frenético de una música machacona, estaba metida en una jaula, elevada unos tres metros del suelo, creo que de no haber sido por esa jaula nunca me hubiese fijado en ella. Desde abajo podía ver su minifalda vaquera, el liguero con medias blancas, su braga blanca de encaje, y una camiseta que a duras penas mantenía unas voluminosas tetas. La imagen de verla encerrada me excitaba, más de lo que en un principio creía, me propuse conocerla y no
paré hasta conseguirlo. Por mediación de amigos comunes lo logre. La frescura de su juventud, el sudor por todo su cuerpo, los pezones marcados en la camiseta, todo me atraía. Charlamos, nos entendimos poco en medio de ese mar de ruido. Demasiado jaleo para un neófito en esos ambientes.

 

Tras unas copas me vi arrastrado por pasillos llenos de gente besándose, metiéndose mano sin ningún recato. Termine en el cuarto de baño de mujeres, encerrados los dos en un diminuto cuartillo, nada me preocupaba solo ese cuerpo terso que tocar. Hasta entonces me había dejado llevar, había seguido un juego que debía ser normal a su edad o con sus amigos pero no para mi. Le agarré del pelo tiré de el hacia atrás. Su mirada fue de temor, la bese con fuerza, mordiendo sus labios haciendo notar quien mandaba, su gesto se relajó, y comenzó a disfrutar, cada caricia, cada beso le decía quien mandaba. Toqué con fuerza sus tetas, frotaba su coño
sobre la braga, magreaba su culo. Le susurraba en el oído "Cuando terminemos quiero que bailes para mi", su respuesta entrecortada era si, lo que tu quieras, la giré bruscamente contra la cisterna del wc, apoyó sus brazos, apartando la braga la follé, pellizcaba sus nalgas con toda mi mano, le agarraba de las caderas imponiendo el ritmo que me apetecía, saqué la polla e intenté meterla en su culo, me pareció una tarea imposible, bajé la mano por el costado y acaricié su clítoris, empezó a moverse, en un
ritmo circular primero, disfrutando las caricias, adaptándose a la presión de su ano, después de un vaivén muy suave, fue incrementado la presión, hasta que su esfínter cedió, fui entrando en ella sin prisa, muy despacio, la oía bufar, quiso imponer su ritmo, mis manos volvieron a sus caderas y el ritmo deseado fue el mío, volvió a ceder dejándose hacer, cuando se tranquilizó, mi mano volvió a su coño, hasta que nos corrimos. Le impedí coger papel higiénico para limpiarse, me miro sorprendida. Metí la mano bajo la falda y de un tirón arranque su braga "Así saldrás a bailar oliendo a
perra en celo y sin bragas" Mantuvo mi mirada un momento, la respiración se aceleraba, la lucha de poder estaba en pie, noté su excitación. Me cogió de la mano y salimos, bailó como nunca había bailado sintiéndose desnuda, provocadora, mi polla se puso de nuevo dura....

 

La voz cantarina del taxista me sacó de mis recuerdos, señor el Danielli, ya hemos llegado. Las risas tras las mascaras a mi paso me desconcertaban,
me encontraba en medio de un juego seductor, luces y sombras, soles y lunas, miradas perdidas en el infinito, gestos rígidos. La inolvidable escalinata del hotel se abría ante mi, por fin había llegado, Miss Desiré tenía razón, no hay nada que no haga olvidar unos días en el Danielli. Todo estaba atado, en recepción me esperaban, nada mas llegar me pasaron a los talleres de la condesa. Las operarias se afanaban en concluir los últimos disfraces que quedaban por recoger. Sacaron el mío del olvido de un armario, al quitar la funda de algodón vi el por que de su soledad. Una obra maestra delicadamente bordada. No estaba escondido por feo si no por todo lo contrario. Un guiño de ojo rompió mi perplejidad,- Los amigos de mis amigas lo mejor-, sonrío.- Seré su anfitriona en los días que pase aquí, disfrutará del misterio, de la soledad de la máscara, de la fascinación de la multitud- Me desvistieron las chicas entre risitas, - No se preocupe ya
hemos cerrado-. Quería meterme en ese traje, notaba que tenía un algo que lo hacía especial.

 

- Le gusta verdad? solo gente muy especial merece llevarlo. No es un disfraz, es un traje real, un traje de muchas generaciones, de muchas vivencias, tiene un significado que en su momento lo sabrás.
Parecía adaptarse a mi, no era necesario arreglar nada. Me sentí poderoso, altivo como un Rey, volvió a sonreír dándose cuenta de mis sensaciones.

 

- No se asuste eso es lo que provoca. Vaya a descansar tenemos una noche muy larga. Proteste cuando comenzaron a quitarme el traje. Déjese hacer susurraba una voz en mí oído, mas tarde lo subiremos a su habitación, suba ahora y descanse.

 

En la comodidad de la cama, tumbado, pero sin dormir, mis recuerdos volvieron, el día en que la pequeña Marta adopto el rol de perra, fueron días de tensa negociación, de hablar de placeres y de miedos, de excitación y humillación, la curiosidad y las ganas de experimentar. Estaba tan lejos todavía de saber el significado de la palabra "entrega"

 

No me había equivocado con la elección, sonreí. De forma inesperada y como siempre vuelve a ocurrir cuando un agradable pensamiento ronda por la cabeza, se torna y las tensiones aparecen. La fuerte discusión de hace una semana, desembocó en una serie de descalificaciones por ambas partes, descalificaciones no sentidas pero si dichas.
Tonterías que se agrandan hasta lo inimaginable. Habíamos preparado una ceremonia intima, donde Marta orgullosa quería entregarse de forma oficial. Quería entregarse de cuerpo, de alma ya lo había hecho, quería anillarse los labios de su coño para poder cerrarlo con un candado y entregarme a mi su llave. Los preparativos estaban ya concluidos nos quedaba decidir quien lo haría y quien nos acompañaría en ese momento. Dos o tres personas nada mas, Desiré entre ellas, aun tenía cierto pudor para
determinadas cosas. Los nervios estallaron y falto la pizca de humildad por ambas partes.
Llamaron a la puerta y las dos muchachas entraron con el traje, dicharacheras, entre risitas tiran de mi hasta el cuarto de baño, llenaron la bañera y me enjabonaron con mimo. Sus caricias no se paraban ante nada, sonriendo sin parar. Me perfumaron y vistieron con dedicación, la máscara cerró mi cara y 200 años se borraron de golpe. Mi anfitriona me esperaba, corrimos por callejuelas, volamos sobre infinidad de puentes, vimos y nos dejamos ver primero en las plazas, después en los palacios en fiestas
privadas.
- Tenemos varias fiestas donde elegir, en todas la etiqueta exige llevar la máscara hasta la media noche, incluso en la cena, después hay que quitársela. Pero hay una donde eso no es necesario, es muy selecta, creo que te gustara.
A nuestro alrededor danzaban brillos y colores, las músicas salían por las ventanas, la magia de los disfraces envolvía un ambiente señorial, bajamos a orillas del gran canal, por lo que parecía una senda, escaleras que suben y bajan, nos introdujimos por una puerta, una grieta en la pared donde daba paso a un embarcadero y una fina escalera tallada en la roca, llegaba mas gente. Delante de mí iba alguien, quise creer que era una mujer por los andares, tiraba de una cadena brillante terminada en el cuello de otro
alguien que le seguía, no podía asegurar nada, pero no se puede frenar a la imaginación. Al llegar arriba dos verdugos, con hachas incluidas ejercían a modo de porteros, esperaron la contraseña susurrada a su oído y nos franquearon el paso. En la sala principal un quinteto de cuerda, femenino con pelucas blancas, desnudo por completo salvo el antifaz y las medias blancas, hacía sonar una melodía agradable. Las mesas estaban preparadas para la cena. Unas mesas ovaladas alargadas, en el centro de
ellas una mujer desnuda, con la comida japonesa sobre su cuerpo, la mascara cubría su cara, la inmovilidad era asombrosa. Mi anfitriona me guiaba, notaba girarse las miradas a mi paso, yo?, el disfraz? bebimos y charlamos con gente desconocida, hasta llegar el momento de ocupar los lugares en las mesas. El quinteto disminuyo el volumen de la música. Se abrieron unas cortinas sobre lo que parecía un escenario, el anfitrión nos
saludo, tras el había una columna con argollas y una mesa de piel con correajes. Comenzaron a servir el vino, y una pareja subió al escenario, uno de los dos se desnudó, todo salvo la mascara,. La otra persona pidió la ayuda de los verdugos, lo ataron a la columna y comenzaron el castigo, 20 azotes con látigo, la espalda quedó cruzada de tiras rojas. Ayudado por la otra persona y cubierto por una capa volvieron a su mesa. Quise preguntar a mi anfitriona, su respuesta fue el dedo delante de sus labios y una corriente de aire. Otra pareja subió, el cuerpo desnudado era de una mujer joven, apoyada sobre la mesa, su culo quedo expuesto, con un guante de crin, la otra persona masajeo esas nalgas, hasta que adquirieron un tono rojizo, después fue la fusta, pensé en ese trasero tan sensibilizado por el masaje y en el dolor que debía sentir, ataron sus manos estirando los brazos. Frotaron la zona afectada y la entrepierna con unas hierbas
de un verde oscuro, pense en ortigas, la desazón de no poder arrascarse le hacia convulsionarse. Después de ese primer momento de mirones la gente comenzó a cenar, dejando un poco de lado los castigos, que seguían sucediéndose. Una mirada lejana se cruzó con la mía, creí ver lástima, pena, en esos ojos, me recordó a Marta y un poco de nostalgia me sobrecogió, pero ella no podía estar allí. Note un respingo en la chica que
servía de plato, mis palillos habían pellizcado un pezón al intentar coger un rollito de sushi. Nadie dijo nada, por lo que pense que era lo habitual, pellizcar el cuerpo como entretenimiento y disfrutar de la inmovilidad. Ya estaba avanzada la cena, y los ojos tristes de antes se levantaron de la mano de una mujer que había optado por un disfraz de Mistress, con altas botas de piel negra y un escueto body del mismo material pegado como una segunda piel. Desnudaron a la chica y el cuerpo me volvió a recordar
a Marta.

 

- Contémplala bien es tu regalo - Me susurro la Condesa- Te dije que el traje tenia algo especial. El que lo lleva recibe un sumiso o sumisa como recuerdo de este día, y tiene la oportunidad si quiere de pertenecer a esta hermandad. Hace muchos años que el traje no había salido de su funda. En tu caso es especial por que la sumisa se entrega por propia voluntad. Deberás salir cuando te lo diga para recibir tu posesión.

 

Pensaba rápido intentando asimilar la noticia. No era algo banal. Ni algo que aceptar sin recapacitar, sin pensar en los pros y las contras. La habían tumbado en la cama, tenía las piernas levantadas, se veía un coño depilado, las manos atadas por encima de su cabeza. Aparecieron los verdugos con un cojín de terciopelo verde con dos aritos de oro y los utensilios para ponerlos. La Condesa me indicó que debería salir, me levante todos dejaron de comer, me sentí observado, envidiado y sonreí tras mi escondite. Me incliné sobre la chica, cogiendo sus manos con las mías intentando tranquilizarla, seguía mirando esos ojos. Su voz entrecortada.

 

- Por favor mi señor acépteme.
Ya no tenía dudas era Marta. Miré a la otra mujer, me guiño un ojo, me dije como no había podido reconocer el cuerpo de Desire.

 

- Espero que toda la vergüenza de este momento por mi parte, pueda mitigar mi falta, aceptaré el castigo que me imponga, pero por favor no me rechace. Quise ver lagrimas en sus ojos, mis labios besaron sus labios, y mis manos apretaron con fuerza sus manos, mientras Desiré procedía al anillado. Como si de un pistoletazo de salida se tratase, la música elevó su tono, y la gente comenzó a bailar, a hacer grupos y a desaparecer por los diferentes salones, los cuerpos desnudos eran ya muchos.